I.
perdidos en la traslación
vamos…
el cielo es un milagro;
hay un lugar para nuestro altar,
allá en lo alto.

II.
Que compartir la cama o compartir un lugar en la montaña sean sinónimos.
Que aprendamos a convivirnos la piel y habitemos más aviones.


***

Un altar en el cielo. Un blog que se llama viajamor. El sonido de un avión mientras escribo. La sucesión de hangares de aeroparque mientras un micro me lleva hasta La Cumbre. 
Edith Piaf solía ver la vida color rosa, yo veo la vida como el cielo, como una sucesión de páginas en blanco. Cada sello es una vuelta de página. Cada vuelo es el final de otro comienzo. Cada destino es un poema esperando germinar.
El cielo y yo tenemos una conexión especial: es mi puente. Cada viaje me lleva a un puente distinto (aunque parezca ser el mismo). Cada punto de llegada me recibe en versiones diferentes: más liviana, o más ávida de palabras, o más ansiosa de asombro… Sea como sea, cada ciudad me da la posibilidad de re-versionarme sin cuotas ni intereses, sino entera, completa; importada de afuera hacia adentro; abrazando el pálpito de las ciudades con excavaciones en reversa. 
Me entierro en el corazón de los sonidos urbanos. Me encuentro al azar con versiones de mí en otro tiempo; y allá estoy, con el pelo más corto, con dos años menos, con menos avenidas en mi haber. Me observo a la distancia y me veo tan distinta que hasta puedo degustar lo que sentía en ese entonces: bittersweetness. Me veo barajando instantáneas desde el vientre de un verbo de tierra virgen: viajar. 
Entonces sí, la vida color cielo. Un altar en el cielo para que la única constante sea el cambio. Los viajes y yo en una misma habitación: viajamor. Un tesoro que aflora del barro y se da forma a sí mismo: el libro. Un libro en el que mis versiones viven en un piso compartido. Un libro de amor por los viajes. Un libro color cielo… o dicho en otras palabras: el final de otro comienzo.

***
… Y cada vez que levanto la mirada y veo el cielo despejado pienso: hoy es un lindo día para volar.

sol

A los 10 años encontró refugio de la ciudad de la furia en una máquina de escribir. Más tarde conectaría con la escritura de viajes en un intento de traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces, se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor.

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“Palabra por palabra y minuto a minuto; querer tocar”
—Robin Myers— ❧

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