Volver a un octubre de 2012 de atardeceres, transiciones y rutas españolas…

Hoy me levanté en el lado calle melancolía de la cama…

Mientras bebía mi gran taza de café con leche y, en simultáneo, revisaba las notificaciones de mis redes sociales, pensé en toda la gente a la que le gusta Sabina, y toda la gente a la que no. Me di cuenta de que hace unos años a mí tampoco me gustaba, y de que, de no haber sido por el vuelco de la partida de mi papá, probablemente ese viaje a las sierras no hubiera existido, y nunca habría escuchado Sabina en ese camino de tierra tumultuoso que nos llevaba de regreso a la casa de mi prima.
Ya en el 2012, Sabina fue el nexo musical con ella, mi MAMÁ, que había decidido reemplazar el rol de su compañero, el rol de enseñarme a descubrir mundos nuevos a través de las letras, las melodías; a descubrir nuevos universos. Y así, así como me sentaba con mi papá todos los sábados a compartir mate y escuchar The Beatles, en las mañanas del 2012, me senté con mi mamá a escuchar a Joaquín. Así, casi sin quererlo, este canta-autor volvió a despertar en mí las ganas de escribir que había guardado en el cajón. ¿Cómo? Haciendo que me auto-cuestione la razón por la cual antes era tan reticente a escucharlo.
Mi admiración por los compositores españoles no para de crecer. No necesitan cantar entre líneas, no necesitan esconderse detrás de una A, un punto o una coma; no necesitan más que sinceridad sin cocción para componer. En esto, Sabina fue el pionero (al menos en mi libro). Me enseñó que en la rudeza podemos descubrir una nueva forma de belleza, que ser franco y ser poeta van de la mano, y es un idioma universal. Sabina me enseñó a borrarme los prejuicios sobre la música en español. Me enseñó que el corazón no se pasa de moda, que las rimas se ven más lindas cuando están desnudas; que la P y la D no tienen vergüenza de sus curvas ni se preocupan por su peso, que las baladas de corazones rotos e historias de des-amor nos revelan que las verdades no tienen complejos. 

Para mí Sabina es recuerdo, es una caricia al corazón. Decoró mi living con sus versos, colgando cuadros de mi mamá y yo como coristas no oficiales del disco de Física y Química, y alguna vez hizo que mi sillón chocolate se sintiera como una taza de cacao en pleno invierno. 
Por todo esto, y por mucho más, hoy, sábado 22 de marzo de 2014, a casi 8 meses de la partida de mi madre, quiero decirle:
Mamá, hoy levanto mi voz y brindo por la memoria de vos en mí. Quiero decirte que te extraño, pero aprendí que está bien extrañarte. Quiero decirte que te reencuentro en cada canción, y que no te preocupes, porque yo sigo haciendo los coros y cantando por las dos.

sol

A los 10 años encontró refugio de la ciudad de la furia en una máquina de escribir. Más tarde conectaría con la escritura de viajes en un intento de traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces, se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor.

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“Palabra por palabra y minuto a minuto; querer tocar”
—Robin Myers— ❧

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