NOTA: Se recomienda darle play a la siguiente canción antes de comenzar a leer.


Soy parte de un experimento de esperar y desesperar.
Él me observa en el codo de la sala.
Lleva pantalones cansados de tanto decir que no
y los párpados abiertos,
como dos lupas de pileta de alquitrán.

Necesito bañarme y esponjarme con sus manos.
Necesito escalar sus tachas pirámide, 
y des-andar su desierto de cuero.

Tengo ansiedad de su poesía aglutinante, 
gelatina de palabras, que roe, 
y cala, y busca cizaña.
Es difícil de leer, por eso me gusta.
Su intensidad me cuaja.
Quiero beberlo, perecerlo, aspirarlo, 
extasiarme con su oscuridad rotosa,
devorarle hasta la sombra.

Pero de tanto gustarme, 
la noche me come las agallas. 
Me acovacho en la cuna de mi auto crítica.
Intento fluir, pero mi río está espeso.

Entonces se acerca. 
Me huele el pasado, lo arrincona, lo acribilla,
 y exporta el miedo de mis labios endulzándome los surcos.
Ya no hay dudas: 
me puede hasta las caries.

Imagen: Pinterest
sol

A los 10 años encontró refugio de la ciudad de la furia en una máquina de escribir. Más tarde conectaría con la escritura de viajes en un intento de traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces, se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor.

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“Palabra por palabra y minuto a minuto; querer tocar”
—Robin Myers— ❧

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