Extractos de cuaderno – sin edición –  
Hoy la tierra se limpia el verde con cielos de algodón.
Las nubes se llenan los pulmones de hollín santo y soplan fuerte, enojadas por no poder lucir su mejor rostro.
Creo que su papel favorito es el de saberse compañeras de ruta del sol. Su intensidad conmociona tanto sus texturas que las hace sentirse increíblemente bellas.
Las sierras, por su lado, se muestran tímidas, como si tuvieran vergüenza de cómo se ven sus rasgos en un día opaco, sin pulir. Un velo consistente que oscila entre blanco y gris quiere arroparlas para calmar el frío de la duda. Se ofrece a cuidar de ellas hasta que llegue la noche (tal vez extienda su guardia).
El pasto se pinta las puntas con agua virgen, proyectando espejos circulares que reflejan mi calma, inescrupulosamente interrumpida por un chumbido cercano que pretende retar al viento por bajarse la temperatura hasta los tobillos, en un intento exhibicionista y burdo de desafiar al agua.
Estoy en un sillón. Sus brazos me contienen, pero no me abrazan. El verde oscuro y la naturalidad de la peperina se llevan bien. Absorvo breves instancias de calidez por mi cilindro estirado y mis pulmones son ahora silvestres, re-escribiéndome en clave etérea. Leo mi propia carta y recuerdo que nunca estuve en esta ciudad un día de lluvia.
Minimizo mi mirada, le saco punta, y la programo en cámara lenta. Las gotas no corren a contrarreloj como en Buenos Aires.  
Los árboles se plantan erguidos, agradeciendo el regalo del cielo. ¿Es que acaso cumplen años y no lo saben? No importa, a diluvio regalado no se le miran las gotas.
El viento sigue soplando. Asumo que quiere contarme un secreto. Me atraviesa. Busca romanticismo. Sacude la normalidad en formato ramificado, desacatando la paz de los árboles, contonéandolos en sentido lateral. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Se muestra repetitivo, empalagoso. 
¡Alto! Sigue camino. Se aburrió de estos amantes pasajeros con cara de hoja.
Creo ver una luz en el horizonte. El sol quiere salir a jugar, pero le cuesta. Tuerce sus brazos de rayo, se reclina, y tuerce también su espalda dorada para abrir el telón de algodón de altas calorías. 
Viene a reclamar su trono, después de todo, sabe que es buen compañero… y nadie lo puede negar.
Curar. Naturaleza, dejáme respirarte.
Quiero cauterizarme con tu actitud pacifista.
Veo en tus hojas las venas que me recorren. 
Llenan mi vida de vida, quiero tallármelas.

Curar. Naturaleza, activa.
Deseo colonizar mi ego con tu sentir profundo,
que limpia profundamente.
Respiro verde, exhalo verde, 
verde queda mi incendio.

Curar. Naturaleza, mía.
Me perdí de mí para reencontrarme en vos.
Y esta vez me jacto de mi hallazgo.
SOUNDTRACK DE MI MICRO-VIAJE
FOTO-CRÓNICA: 58 hs. en La Cumbre
Aromática: Lavanda & Peperina
Tarde dulce y oxidada
Llueve sobre mojado

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Detrás de las nubes, el sol
PH: Sol Iametti
sol

A los 10 años encontró refugio de la ciudad de la furia en una máquina de escribir. Más tarde conectaría con la escritura de viajes en un intento de traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces, se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor.

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“Palabra por palabra y minuto a minuto; querer tocar”
—Robin Myers— ❧

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