26 de octubre de 2022. 

Viejas frases escondidas en la penumbra. La espesura del recuerdo se abre paso en la noche y así es como llega tu imagen en la terminal, aquel invierno.

Vuelve, cada tanto, como olas a la orilla. Aún no conozco esta ciclicidad de vos, pero hay algo que siempre se repite: el paisaje detrás del atrás, los relieves subsistiendo debajo del cielo, nuestros pasos improvisados por las calles de la ciudad. La sensación de estar llegando a una ciudad nueva y la imprevisibilidad de estar viviendo sin mapas.

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Cuando me enviaste la canción de Juan Quintero hubo un impulso de decirte: “Es como si hubieses anticipado el anhelo”. Creo que, de alguna manera, siempre mostraste destreza para eso. El tacto adquiría otra forma en tus manos, igual que el tiempo.

Afuera el entorno me entrega un paisaje parecido al de aquel día, aquella mañana de revelaciones y grisura. Un desayuno, una ventana y el amor improvisado de los cuerpos. La tentación de no querer salir al mundo y permanecer en nuestra intimidad inventada.

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En el escenario del momento todo pareciera disponerse para nuestra fortuna. Tu piel curtida por el sol configura algo más allá de mí misma, es la manifestación de un deseo que ni siquiera sabía que existía en mí. Solo lo supe (aún lo sé) cuando te imagino cerca.

Hay, entonces, otro tipo de suerte. La fortuna de lo inesperado esperado. La canción que suena desde otra habitación: sentimos que existe pero no podemos, aún, definir el ritmo exacto, la melodía entera.

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Quisiera volcar todas las palabras que quedaron, todo lo que aún no dije, lo que me imagino diciendo, dentro del mar. Dejar que el agua haga lo suyo: palabras a la deriva, palabras guiadas por las olas. ¿A qué orilla llegarían? ¿En qué puerto anclarían su sonido, su impulso?

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Pensar es distinto a nombrar. Están a un “salto mortale” de distancia. La fe nace en el sonido que surge de la boca. La fe nace en la posibilidad de decir el mar. Es la instancia previa, un mero suspiro entre la gestación y la luz.

La fe nace, no en el salto mismo, sino en el coraje que tomamos para dar el salto.

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El Dios de la lluvia llama mi nombre. Siempre lo hizo. Es invisible, inaudible, incógnito. Es un lenguaje escondido que solo él y yo comprendemos.

Aún no llueve, pero el llamado ya existe. Existe y escribo el llamado y el amor hacia el llamado. Pura divagación sobre la página en blanco o, tal vez, algo parecido a la lluvia misma.

Quisiera escribir como la lluvia. Que al leerme sientas la frescura del viento sobre la piel. Que al leerme puedas percibir ese perfume tan particular de los adoquines y las ciudades. Que sientas la humedad de las flores… aunque aún no puedas verlas.

 

Imagen: Google images

sol

A los 10 años encontró refugio de la ciudad de la furia en una máquina de escribir. Más tarde conectaría con la escritura de viajes en un intento de traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces, se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor.

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