Me miro al espejo.
Toco mi rostro 
como una forma de familiarizarme conmigo.
Me miro al espejo de arriba hacia abajo,
me amigo conmigo.
Me miro las manos.
Mi esmalte de invierno 
delata un secreto:
tengo las manos de mi madre.

Escribo en mi cuaderno
con el mismo apuro 
que el de un niño que sale del colegio.
Mis palabras corren,
y sus pies.
Escribo en mi cuaderno como una niña
que lleva un diario íntimo,
pero este diario sin candados:
dejaré que los secretos salgan a la luz.
Entonces…
Tengo las manos de mi madre.

Me adentro en un túnel,
y todos los túneles me recuerdan a Francia.
Completo los espacios
imaginando señales en blanco y azul.
Adentrarme en un túnel 
es un viaje occidental a mi memoria.
El secreto de Francia conmigo 
es un secreto para el mundo;
y
tengo las manos de mi madre.

Tengo una fórmula para volver el tiempo atrás:
cerrar los ojos.
Entonces un viaje al oriente
cada vez que mis pestañas se contraen
como se contraen los músculos 
en un intento de asir el momento:
escribir y tomar fotografías
son el camino que he elegido
para convertir los instantes en poesía,
y la poesía en el secreto que florece en las ciudades.
Y el secreto en canción íntima.
Y en esta partitura
la poesía,
la memoria,
mi reflejo;
el invierno antes de tiempo
en la temperatura de mis manos.
En mis manos el secreto:
Tengo las manos de mi madre.

Imagen vía Pinterest

sol

A los 10 años encontró refugio de la ciudad de la furia en una máquina de escribir. Más tarde conectaría con la escritura de viajes en un intento de traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces, se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor.

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“Palabra por palabra y minuto a minuto; querer tocar”
—Robin Myers— ❧

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