“… un manantial breve y fugaz entre las manos.”

Y así, con los últimos suspiros de estación, una voz de “sueño de una noche de verano” enseñó cómo deslizarse entre el juego de miradas de un saxo y una guitarra.

De ahí, el encuentro: la fiebre de dos amantes instrumentales que saben lo que quieren y no tienen miedo a perecer sobre paredes de ladrillo, como un hielo se deshace sobre la cartografía de una piel en otro idioma, en una media-noche de verano a medio-hacer (como una cama).
Al parecer al menos 3 rincones del mundo decidieron fusionarse en esa sala después de las 12 de la noche; un hechizo dispuesto a seducir(nos): París en láminas, la mirada de Cortázar por lo alto, el sabor de Arkansas en los labios. No prestábamos los oídos… caíamos rendidos ante la dulzura de una voz importada de otra década.
Entonces, lo entendí. Los poemas y las canciones son mellizos. Ambos aspiran a que, por un momento, se quiebren todos los relojes del mundo; que la unidad de tiempo comience a ser el beat de los latidos al unísono con las palabras que inventamos para capturar un instante, como quienes pintan paisajes de París o milongas de Buenos Aires.
Porque después de todo escribir es pintar con palabras, y escribir una canción es una forma de gestar un momento entre las manos.

Notas de cuaderno – 00.20 am – 06 de marzo de 2015
Handmade Moments en La Dama de Bollini
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sol

A los 10 años encontró refugio de la ciudad de la furia en una máquina de escribir. Más tarde conectaría con la escritura de viajes en un intento de traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces, se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor.

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