En algún rincón lejano de algún lugar que existe pero que no voy a nombrar, una mujer se negaba a dejarse querer.
Lo hacía porque no conocía otra forma de amor, más que la del desencuentro, la distancia y la nostalgia de todas las historias que no fueron.
Que vamos, que su intención no era no dejarse acariciar ni forjar-se un continente, pero es que, una vez que una mujer se ha sometido varias veces al filo del mismo clavel, darse entera no es tan fácil.
Así, durante una temporada de días lluvia, la mujer que no se dejaba querer – y a la que le crecía un océano por dentro – aprendió a aceptar su espíritu salvaje. Ella aprendió que todo comienza por reconocer su responsabilidad en el vértigo de amor que la separa del resto del mundo. Aprendió que a pesar de que intenta curarse con palabras, no hay alivio mejor que un abrazo de domingo por la tarde. También aprendió que la única muralla entre ella y las formas de amor que la han acontecido, es la que ella ha construido. 
La mujer que no se dejaba querer entendió que no puede escribir otro capítulo hasta dar por terminado el anterior. Entonces, intentó sanar
En la confesión

En la desventaja

En la admisión de los errores
En algún rincón lejano de un mapa que ella traza a su propia conveniencia se reencontró con sus raíces, y su sangre le habló de las canciones que nunca llegaron a ser por miedo al miedo, de las canciones que quedaron a mitad del estribillo de forma tempestuosa, de las canciones que fueron crepúsculo de vida en un lugar de Europa. 
La mujer que no se dejaba querer entendió que las raíces y el vuelo no son contradicciones, sino que son parte de entenderse, para saber en dónde la tierra que merece la sombra de sus ramas. Esta mujer también entendió que a menos que se embarque en el reconocimiento de la semilla de su propia coerción, no habrán brotes posibles, y no por el agua pasada o la tierra quemada, sino por la atrocidad que implica no saber-se quién es.
Esta mujer entendió, aprendió, reconoció (y aún lo sigue haciendo). Esta mujer de tanto en tanto se cierra por derribo para lamerse las heridas. Esta mujer que soy, que somos, reconoce sus equivocaciones y se niega a ocultar sus aullidos. Se deja llorar; se permite dejar la mochila en la puerta de entrada y ceder el movimiento, para nutrir-se las raíces. Esta mujer acepta la posibilidad de que la primavera le dure un segundo. Entonces, se da
En la música

En el perdón

En la poesía
Todavía no puede darse entera, porque ya sabes como es esto, los grandes cambios llevan tiempo – o al menos eso dice la gente -. Ella dice que se está aprendiendo a querer, y desde algún rincón lejano de algún lugar que existe pero que no se anima a nombrar, espera que se crucen en el camino de esperar el armagedón de las cosas imposibles.
Versión original: https://goo.gl/VSnevY 
sol

A los 10 años encontró refugio de la ciudad de la furia en una máquina de escribir. Más tarde conectaría con la escritura de viajes en un intento de traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces, se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor.

4 Comments
  1. Iba a comentar algo pero como que no tengo las palabras (¿o sí?)

    (Por acá también hay una mujer que no se deja querer…) (O que va a seguir poniendo excusas para que los modos en que la aman no sean los que ella quisiera) (Pero que igual admite que por muchas letras en las que pueda volverse catarsis, pocas cosas dan tanta paz como un abrazo de domingo por la tarde…)

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“Palabra por palabra y minuto a minuto; querer tocar”
—Robin Myers— ❧

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