“Para un auténtico escritor, cada libro debería ser un nuevo comienzo en el que él intenta algo que está más allá de su alcance.”
Ernest Hemingway
Son exactamente las 00.57 de un jueves. Abunda el desvelo, como en las últimas noches, pero es feriado, por ende el desvelo descansa tranquilo, se deja fluir, se deja ser. Me acoplo, imito su naturalidad y también me dejo fluir, en mi caso, a través de las palabras.
Aún puedo saborear la textura del capítulo anterior. En él escribí sobre las piezas de mi rompe-vidas; en él indagué en el sótano de mi casa-niña y desenterré mi caja musical. Le di cuerda y tocó una melodía un tanto desgastada, mezcla de piano y coraza, sentimental y melancólica (como yo).
Pero quiero más. Quiero más. Quiero seguir cavando, sólo por que tengo el desvelo en el saldo acreedor; porque tengo ansiedad, porque mi rumbo dio un vuelco (por segunda vez en dos semanas); porque ahora, el libro de poesía bajó un peldaño para cederle el primer lugar a un hermano del corazón.
Miro arriba. Una foto, una rosa, cielo gris. Una clave de no sol. 
Me doy cuenta de que soy una rosa no domesticada. Mis espinas vienen en formato lacrimógeno. Por mis tallos corre un río de sal y calma; paz, la paz de saberme viva gracias al ejemplo de los que ya no lo están. 
Pienso en cómo empecé a incorporar la palabra muerte en mi diccionario post-adolescente. Pienso en cómo la muerte ya no es mala palabra en mis labios. Pienso en los últimos meses de mi mujer ejemplo. Pienso en su sonrisa, y la veo transformada en mi potencia de arrastre, en el coraje de mis decisiones actuales.
Soy esta fotografía. Soy luz y sombra; vida y muerte: la sed de vida que despertó a causa de la muerte de mis padres.
Soy amor carnal. Soy amor que mueve. Y el amor me conmueve en todas las direcciones posibles, me flaquea como ramas de otoño empolvándose las mejillas con jugo solar. El amor me hace torcer el brazo y torzar el destino de mi cuaderno.
… Sigo sumando. Tengo el desvelo en el saldo acreedor, y a ella en el saldo deudor. Le debo mi fuerza, mi sangre, mi capacidad de ignición. Quiero más, lo difícil, lo complejo. Quiero el auto-desafío dentro del desafío. 
Me doy cuenta de que no quiero un libro, quiero EL libro. Arduo, crudo, nacido de lo más profundo de mis ventrículos. Un libro sentido, de esos que se quiebran y se vuelven a armar, de esos que escurren lágrimas y destilan sonrisas. Un libro humano… Y por eso la elijo a ella como núcleo de mi historia. 
* Nuevo proyecto de libro: el viaje a Europa que me cambió la vida, junto a la mujer que me dio la vida.

Un libro a corazón abierto:


ANTESALA DEL LECTOR:
sol

A los 10 años encontró refugio de la ciudad de la furia en una máquina de escribir. Más tarde conectaría con la escritura de viajes en un intento de traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces, se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor.

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