23 de junio.

Encuentro, en la tarea viva y silenciosa de alimentar a los animales, una sensación de comunión con el instante.

Por ejemplo, las calandrias que visitan el balcón por la mañana, esperando sus semillas, y me ofrendan un diálogo constituido de miradas. Otro ejemplo: el perro de la calle que siguió a Lean y Django hasta el umbral del edificio, al que le servimos leche tibia en un acto de amor —mientras bebía, saciando el hambre y el abandono, lo acaricié para que supiera que la ternura todavía existe—.

Me atrae esa otra vida, la forma singular que tienen los animales de estar en el mundo. Me enseñan un lenguaje que no está hecho de palabras, sino de gestos. Intento aprender y con cada gesto, ser una con lo que me rodea hasta donde me sea posible.

Recibo sin pensar, solo sintiendo enteramente. Me adapto a los modos del mundo, sin pretender que éste se adapte a mí. Todo es bueno y suave. Entro en contacto con la generosidad, con la música dentro de cada día, y dejo que la realidad sea lo que ha venido a ser: la leche tibia del cuidado, formas inéditas de cariño, el instante pájaro.

 

Imagen: Milan Balog

 

 

 

 

sol

A los 10 años encontró refugio de la ciudad de la furia en una máquina de escribir. Más tarde conectaría con la escritura de viajes en un intento de traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces, se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor.

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