17 de junio.

Hay un retorno al espacio íntimo. Una bienvenida.

Por la mañana armo el mate y me siento en el sillón para sentir el día entrar por la ventana a mis espaldas. El frío traspasa el cristal y llega hasta mí: una caricia antártica.

Cierro lo ojos.

Intento percibir los sonidos del entorno. Apenas los pájaros. Algo de lluvia. El runrún de la heladera. El fuego de la caldera encendiéndose (y simbolizando la escena). La melodía descubierta de otro día comenzando. Siento, también, los movimientos internos de mi útero. Cuando menstrúo no puedo recibir, solo darme.

Hace unas semanas, hablando con A., me preguntó por el sexo cuando estoy menstruando. Le contesté que prefiero no ser penetrada; que durante mi ciclo voy hacia dentro, me repliego, y solo puedo ser penetrada por la sensación de autocuidado, como si la sangre propia, el acto de menstruar, fuera un ritual sagrado. No es impresión. Es simplemente no querer ser penetrada por lo ajeno.

En estos días, el autoerotismo se exalta. Rozo mis manos, aprecio mi perfume natural, observo mi cuerpo frente al espejo y soy querida por mí misma.

Mi cuerpo es conmigo y yo soy con él, y entre nosotros circula la ternura de pertenecernos.

 

 

18 de junio.

Mi secreto hoy es saber que soñé con él; la forma en la que el sol besa los árboles esta tarde, la temperatura del café en mis manos.

Hay algo que la escritura nunca llegará a tocar: el secreto último. El secreto va más allá de las palabras físicas. Podría gritar esta enumeración de resplandores y aun así el secreto permanecería intacto. Así como la cámara, a veces, no logra traducir los matices exactos del paisaje (recuerdo cuando hablamos de esto entre vientos y azares), las palabras intentan captar la dádiva del secreto. Extienden su espesura, su lengua nacarada. Dejan un rastro posible, dos. Alumbran hasta donde es posible. Entonces soy iluminada, por las palabras y por lo que nunca será dicho.

 

Imagen: Emilio Jiménez

sol

A los 10 años encontró refugio de la ciudad de la furia en una máquina de escribir. Más tarde conectaría con la escritura de viajes en un intento de traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces, se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor.

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