(Perdí la cuenta de los días. Lo que resta es dejar anotaciones sueltas.
Restos marinos que alguna vez pasaré a recolectar más adelante).

*

Mayo.

Sutiles cambios de luz nos rodean. Por momentos el silencio es una constante, una conspiración entre nosotros y el mundo. Y sin embargo, hoy quiero quedarme con tu voz por la mañana, con el aliento mínimo de los cuerpos acercándose, con la intención de amanecer entre las cosas.
Quiero recordar que, después de la lluvia, el sol desplegó en la cocina un resplandor incisivo y hermoso. Que en este lugar que habitamos el viento tiene textura y que eso, poco a poco, se va transformando en la música de mi memoria.
Hoy quiero quedarme con el amor que respira subterráneamente dentro de esta imagen y se mueve, lentamente, hacia el futuro.

*

Quiero darme a la escritura. Darme y ser dada, de manera irreversible.
Antes de la escritura viene el escalofrío de sentir las palabras viniendo. El temblor que pone en movimiento esa voz, la que dicta fragmentos del mundo. Susurra al principio, luego dicta claramente. Aparecen destellos, más tarde, oraciones. Caen como la lluvia. Entonces una se deja mojar, empapar incluso. A veces llega a convertirse en la misma lluvia.

Quiero dejarme mover por el día hacia el centro radiante de la escritura.

*

Pequeñas frases que llegan mientras miro el mar. El viento barre cualquier rastro de silencio acariciando el paisaje con su sonido. Y con la lluvia recuerdo que Damien Rice existió y sigue existiendo en mi vida.

*

En días intensos, de alta carga horaria, en los que no puedo ni acercarme al cuaderno, me gusta pensar en la escritura como un deseo. Coloración, horizonte, anhelo. Palabras como cuerpos que se rozan. No se tocan, se rozan, pulsando en lo que aún no se dice, en lo que titila por fuera de la fotografía.

*

Después de una semana incesante, hice trampa: vine a un café. Al fin. Pedí un café con leche con tres medialunas. Son las 6.05 de la tarde. Miro la espuma intacta y siento el frío dibujar una trayectoria invicta por mi cuerpo.
Todo lo que sucede es desconocido: la gente, el bar, el movimiento lento de los autos; esta forma que tiene el atardecer de impulsarse luminosamente hacia las cosas.
Hoy no hay mundo de arena, sino ese acontecimiento extraño que es la presencia de los otros. Voces aisladas vibrando, la suave ventaja de la noche sobre las luces de los locales, la elección de exiliarme del paisaje para captar la textura de la realidad.
Porque a veces hay que alejarse del centro; recorrer la periferia, los márgenes, las zonas aledañas. A veces, incluso, hay que extraviarse en el lenguaje para que revele el secreto, ese pensamiento vivo hecho palabra.
A veces hay que existir desapareciendo.

 

Imagen de portada: Inès Le Goff

sol

A los 10 años encontró refugio de la ciudad de la furia en una máquina de escribir. Más tarde conectaría con la escritura de viajes en un intento de traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces, se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor.

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