Días 5, 6 y 7.

Todo va ocupando un espacio distinto al anterior. Hubo un cambio ineludible, un movimiento interior que hará que nada vuelva a ser lo mismo. Como si el paisaje que estaba aquí mucho antes se fuera revelando ante mí y solo pudiera mirarlo magnetizada.

Poco a poco, recupero las capas de textura que configuran el mundo que me rodea: la frescura arrebatadora de la esencia de eucalipto, el aroma al café de Brasil que compre antes de enfermar, la dulzura de mi propio perfume.

La playa está a media cuadra de la casa. Cada vez que la visitamos hay un gran vacío. No hay cuerpos, solo viento que se funde con el mar, la fuerza inusitada de la temperatura del agua sobre mis pies resucitando lo que parecía muerto. Perros corriendo las olas.

Le doy lugar a mi sistema respiratorio para que reponga el aire tibio, para que reaprenda la apertura. La respiración, entonces, se convierte en un acto bendecido. Por primera vez en el transcurso de estos días tomo conciencia del milagro que constituye la respiración, esa danza, ese intercambio. Entrar en diálogo con la naturaleza me ayuda a sanar.

Comienzo a incorporar la tarea de agradecimiento: cada mañana pruebo el olfato y me sorprendo con sus pequeños avances. Vuelvo a interactuar poéticamente con el universo cotidiano. Siento una breve pero significativa victoria. Cuando lo creo necesario, repito como un mantra la frase que me envió mi prima la semana pasada: “Hay que parar al cuerpo para que el alma lo alcance.”

Entonces espero…

Espero…

Y finalmente, siempre lo hace.

sol

A los 10 años encontró refugio de la ciudad de la furia en una máquina de escribir. Más tarde conectaría con la escritura de viajes en un intento de traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces, se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor.

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