Día 3.

Mis días raros consisten en desempeñar una serie de tareas con dedicación única:

Confundir el temblor del deseo con el escalofrío

Desarmar lentamente el juego del miedo

Prestar atención a lo que se presenta y puede salvarme de este vértigo a la enfermedad

Habilitar el caos

Intentar permanecer siempre dentro del amor

 

*

Leo a Rilke:

“Aquí, donde me rodea una tierra poderosa, sobre la que soplan los vientos arrastrados desde el mar, siento que ningún ser humano puede responder a ninguna de las preguntas y sensaciones que, en su profundidad, tienen vida propia. Porque incluso los mejores se equivocan con las palabras cuando quieren nombrar lo más sutil e indecible. Pero creo también que no deben quedar sin solución si se ciñe a cosas que se parecen a las que ahora dan descanso a mis ojos; si atiende a la naturaleza, a lo sencillo que hay en ella, a lo pequeño, a lo que casi nadie ve y que tan súbitamente puede transformarse en algo grande y sin medida; si usted ama lo menudo, y con toda sencillez busca como un servidor ganarse la confianza de lo que parece pobre, todo se le volverá más fácil, más unificado, tal vez no en el entendimiento, que siempre retrocede sorprendido, pero sí en su más íntima conciencia, en su estar despierto y atento, en su íntimo saber de la vida.

(…) tenga paciencia con lo que no está aún resuelto en su corazón y que intente amar las preguntas por sí mismas, como habitaciones cerradas o libros escritos en una lengua muy extraña. No busque ahora las respuestas: no le pueden ser dadas, porque no podría vivirlas. Y se trata de vivirlo todo. Viva ahora las preguntas. Quizá después, poco a poco, un día lejano, sin advertirlo, se adentrará en la respuesta. Quizá lleve usted en sí mismo la posibilidad de formar y crear como una manera de vivir especialmente feliz y auténtica. Prepárese para ella, pero acepte todo lo que venga con absoluta confianza. Y siempre que algo surja de su propia voluntad, de alguna honda necesidad, acéptelo como tal y no lo odie.”

 

Día 4.

Leo en el muro de Nahuel Lardies:

Caminábamos
hacia el arco iris
que parecía retroceder
en sincronía
con nuestro avance.
Me acordé de una cita
que había copiado
durante el desayuno
en uno de mis diarios,
no recuerdo de quién:
“El paisaje estaba aquí mucho antes de que
nosotros lo soñáramos;
presenció nuestra llegada”.
En el camino, una golondrina
muerta
había quedado
con las alas extendidas,
húmedas,
con un barniz de sal.
Los ojos turbios
parecían
un cristal
erosionado por las olas.
Me arrodillé
para plegar sus alas sobre el pecho.

 

Y repito como un mantra:

El paisaje estaba aquí mucho antes de que
nosotros lo soñáramos

El paisaje estaba aquí mucho antes de que
nosotros lo soñáramos

El paisaje estaba aquí mucho antes de que
nosotros lo soñáramos

 

Sé que llegará el día de soplar la ceniza y limpiar la superficie del cuerpo sacudido. Sé que habrán tiempos mejores y podré respirar llenando cada cavidad de mí con el néctar del aire. Ansío ese tiempo ahora. Mido mi temperatura mientras releo el poema anterior. Busco desesperadamente algo que sostenga mi espalda recta: palabras, la luz del sol, el calor del mate. Algo que sostenga la fe. Acompaño despacio las letras de Vetusta Morla para resucitar el placer de otra era en la que todo fue claro, en la que los viajes se sucedían uno detrás de otro trayendo consigo la transformación.

Nada describe la intensidad alzándose como una ola magistral en todo lo que he leído hasta hoy. La falta de aire, la falta de olfato, la falta de tacto, la privación del mundo. La extenuación. La ira de no poder seguir con la vida.

Pero a pesar del cansancio, la frustración, el malestar, sigo probando en pequeñas dosis la esperanza de que esto termine pronto; insistiendo en que estos planes sin marcar traerán aprendizaje; intentando la naturaleza como espejo:

Cada tarde voy al mar, cuando la playa está vacía, para llenarme. En el lenguaje del cielo entiendo que el paisaje estaba aquí mucho antes de que nosotros lo soñáramos

el paisaje estaba aquí mucho antes…

el paisaje estaba aquí.

sol

A los 10 años encontró refugio de la ciudad de la furia en una máquina de escribir. Más tarde conectaría con la escritura de viajes en un intento de traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces, se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor.

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