Día 5.
Leo. La tibieza del mate sobre el costado izquierdo del rostro. Lo hice de forma automática, inesperada, como esa vez que saqué un pasaje de micro antes del invierno, después de leer las cartas de madre.
Son distintas ahora las cartas que leo, pero el amor está siempre presente. Va filtrándose entre la curvatura de las letras y las metáforas, lábil, igual que el agua o la esperanza. Logra ese diálogo, esa alianza viva entre quien escribe y quien recibe; esa muerte del silencio, de lo no dicho.
*
Con la temperatura del mate entre las manos, observo las botas azules de madre en la foto de Ori. Quiero que Ori sea parte de este diario, por eso la nombro. Quiero que exista un registro de las mujeres que dejan huella en mi vida. La escritura: ese rastro de existencia.
*
La Casa está tranquila hoy. Sobre la mesa del patio reposan los espejos, de cara a un cielo que merma. Estoy tranquila. Es la primera vez que el desorden me lleva a la calma.
El jueves le confesé a Maga que estamos entendiendo que La Casa es algo que nos potencia, y no que nos arraiga. La tierra y el mar conviven. Así me siento hoy: soy la totalidad.
Reposo sobre el momento como los espejos. Soy lo concreto y lo estático en el suave movimiento del agua. Podría volver la lluvia, no importaría. Me sostengo con este cuerpo de mujer. Me declaro mi propio faro. Doce segundos, luz, doce segundos, luz, doce segundos…
*
La grisura intermitente. El polvo. El reflejo. El alud. La vida de una mesa. Ver una imagen y verme: un péndulo permanece quieto para marcar el lugar.
Esta entrada del diario pertenece al desafío “30 días de escritura” de Maitena Caimán.
sol

A los 10 años encontró refugio de la ciudad de la furia en una máquina de escribir. Más tarde conectaría con la escritura de viajes en un intento de traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces, se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor.

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“Palabra por palabra y minuto a minuto; querer tocar”
—Robin Myers— ❧

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